SURSUM CORDA
AÑO JUBILAR POR LOS 150 AÑOS DE LA FUNDACIÓN DEL INSTITUTO DE HIJAS DE CRISTO REY
Cuando decimos 150 años, no sólo estamos aludiendo a un tramo largo del tiempo, sino que estamos poniendo el corazón y el alma para alabar al Señor de la Vida y de la historia, que nos ha hecho vivir hasta ahora. Y hoy especialmente nos unimos, como un coro de alabanza, para celebrar esta feliz efemérides de nuestro Instituto, un Año Jubilar, por sus 150 años de fidelidad
Venimos con el alma llena de vivencias muy hondas, de experiencias comunitarias que nos han aportado muchas alegrías y también algunos sufrimientos, de imágenes y fechas muy señaladas.
A este capellán que todavía sobrevive, aunque en situación de derribo, y que agradece vuestra invitación, se le llena el cuerpo y el espíritu de cantares porque la Providencia y vuestra amabilidad, le han permitido estar presente, junto a vosotros, en los últimos 50 años de estos 150 que hoy celebramos.
He visto y oído durante este espacio de tiempo cómo se ha ido desarrollando vuestra vida diaria. He sido testigo de vuestra proclamación con palabras y obras de aquella gloriosa consigna CHRIST QUEEN.
Y decir Cristo Reina es certificar que no hay, ni ha habido ni habrá otro Rey, otro Señor, que Jesús Hijo de Dios vivo y de María. La vida de vuestras comunidades bajo esta luz es la razón del Instituto que puso en pie el venerable José Gras.
Aquel cura catalán que en el verano de 1866 llegó a Granada y a su Abadía del Sacro Monte trajo un torrente de gracia que en el seno de la Iglesia Universal y en esta parcela del sur de España ha hecho mucho bien, levantando un monumento a la adoración y al amor del Señor Jesús, Rey y Hermano.
Fue creando diversas experiencias institucionales de apostolado en el siglo XIX, un siglo de frialdad religiosa y deserción de los creyentes. El nervio de amor que atravesaba su vida le llevó a darles forma social en progresivas fundaciones. Primero como Corte militar de Cristo, después como Academia y Corte de Cristo, para coronar su obra con el Instituto de Hijas de Cristo Rey en mayo de 1876.
Su pasión por Jesús no podía quedarse en su devoción personal, en su adoración y conocimiento íntimos y en la paz de la Abadía. Era necesario gritar que el Soberano del mundo tiene que ser reconocido, adorado y amado. Concebía que todos los males de la sociedad tienen remedio en Cristo, el Sumo Bien.
Su empeño era la exaltación de la dignidad real de Jesús, como Hijo de Dios. Con fuerza sobrehumana invitaba a la adoración del Único soberano.
Pero no defiende únicamente una adoración que sitúe a la criatura en distancia de su Señor, como un soldado que rinde vasallaje a su Jefe. Quería al mismo tiempo, contagiar el amor a Jesús hermano, compañero, amigo. Ahí está la significativa imagen de Jesús Rey NIÑO. Son las dos direcciones que nacen en el Misterio de Jesús, Dios y hombre al mismo tiempo.
Le dolía la frialdad religiosa del siglo XIX, y al mismo tiempo que espoleaba a los católicos dormidos, quería atraer a los indiferentes para que descubrieran las excelencias del Sumo Bien.
Especialmente se dirigía a las mujeres y contó con ellas para incorporarlas a sus iniciativas apostólicas mediante la educación, que era el camino necesario para la reforma de la sociedad
Hoy, al cabo de 150 años, damos gracias con un Año Jubilar por la labor apostólica de Instituto en una docena de países de tres continentes. Y lo hacemos como tantas veces los hemos proclamado en este templo: Sursum corda.
Levantemos el corazón y glorifiquemos al Señor nuestro Dios, nuestro Rey y Hermano.
Bendecimos a José Gras que fundó el Instituto, y nos sentimos llamados a seguir extendiendo el Reino. Tenemos presentes a las cientos de hermanas que os han precedido en esta hermosa tarea. Afortunados somos todos, por ser partícipes de esta gloriosa misión evangélica.
Sursum corda
Juan Sánchez Ocaña


