En el corazón palpitante de la Iglesia, brilla con luz propia la congregación de las Hijas de Cristo Rey, un faro de fe y servicio que desde hace 150 años ha iluminado el camino de quienes buscan a Dios. Fundada por el venerable José Gras y Granollers, esta congregación se ha levantado como testimonio vivo de una entrega radical al Señor, manifestando en cada acción el carisma que les fue legado: proclamar el reinado de Cristo en todas las realidades humanas.
El carisma de las Hijas de Cristo Rey se traduce en una vida consagrada a la enseñanza, la evangelización y el servicio a los más necesitados. Siguiendo el ejemplo de su fundador, quien supo ver en la realeza de Cristo una fuente inagotable de amor y justicia, estas religiosas han hecho de cada aula, cada dispensario y cada obra de caridad un trono para JESUCRISTO. Su carisma es una antorcha encendida que ilumina, no solo con palabras, sino con gestos concretos de amor y entrega.
Tras un siglo y medio de fidelidad, las Hijas de Cristo Rey continúan respondiendo al llamado de su fundador con creatividad y valentía. Su historia no es solo una crónica de obras, sino un testimonio constante de que el amor de Cristo es capaz de transformar corazones y renovar el mundo. Celebrar sus 150 años es reconocer una trayectoria de fe vivida con coherencia, una misión que ha sabido adaptarse a los desafíos de cada época sin perder su esencia.
Hoy, al cumplirse esta efeméride, miramos con gratitud su historia y con esperanza su futuro. Que las Hijas de Cristo Rey sigan siendo signo de la realeza de Cristo en el mundo, recordando siempre las palabras de su fundador: «Que Cristo reine en nuestros corazones y en el corazón del mundo.»
Con el corazón lleno de alegría y gratitud, nos reunimos hoy para dar inicio a una celebración verdaderamente extraordinaria: el sesquicentenario —los 150 años— de la fundación del Instituto Religiosas Hijas de Cristo Rey.
Nos convoca un aniversario que no es solo un número, sino una historia viva. Una historia tejida con la fe, la entrega y el amor de muchas generaciones que han llevado adelante el sueño de un hombre que supo mirar más allá de su tiempo: el venerable José Gras y Granollers. Fue él quien, con mirada profética y corazón
encendido, fundó en 1876 la congregación de las Hijas de Cristo Rey. Lo hizo con una certeza que guió toda su vida: “Cristo debe reinar en los corazones, en las
familias y en la sociedad.” Estas palabras no eran para él una simple consigna espiritual. Eran un llamado urgente. Eran su forma de responder a un mundo
necesitado de luz, de verdad y de esperanza. Y ese anhelo de que Cristo reine fue tomando forma concreta en una misión: la educación, la evangelización, el servicio, el acompañamiento de los más pequeños, de los jóvenes y de las familias.
Durante estos 150 años, esa semilla sembradabpor José Gras ha germinado en múltiples rincones del mundo. Desde aulas silenciosas hasta patios alegres, desde comunidades religiosas hasta hogares sencillos, la presencia de las Hijas de Cristo Rey ha sido y sigue siendo una expresión palpable del amor de Dios.
Hoy es momento de hacer memoria agradecida. De reconocer el legado inmenso de quienes nos precedieron, de quienes dieron su vida —muchas veces en el anonimato— para que este carisma llegue hasta nosotros. Es también tiempo de celebrar el presente, con sus desafíos, sus búsquedas y sus logros. Y, sobre
todo, es tiempo de mirar hacia el futuro con esperanza, preguntándonos: ¿cómo seguir haciendo que Cristo reine en nuestro tiempo? ¿Cómo ser, hoy, testigos fieles del ideal de José Gras?
A lo largo de este año jubilar, viviremos momentos de encuentro, reflexión, celebración y compromiso. Cada actividad, cada gesto, cada oración será una manera de decir: gracias, Señor, por tanto bien recibido. Y también: sí, Señor, aquí estamos, dispuestos a seguir caminando contigo.
Queremos agradecer profundamente a todos los que hoy nos acompañan: autoridades, educadores, religiosas, exalumnos, estudiantes, familias, personal no docente, amigos de la comunidad. Todos, de alguna manera, son parte de esta historia. Porque este Instituto no se construye solo con muros y documentos, sino
con vínculos, con sueños compartidos, con fe vivida día a día.
D. Alberto Espina


